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La Dama De Cadiz

A cada genio le corresponde una obsesión. Un teorema, una fecha, una clave, una nota, un color. La del arqueólogo Pelayo Quintero Atauri tenía forma de mujer. Desde que llegó a Cádiz, en 1904, su principal empeño había sido encontrar la réplica femenina del sarcófago fenicio que ejercía de estrella central del Museo. Aunque excavó necrópolis púnicas y romanas, recuperó joyas de oro de los ajuares funerarios de los hipogeos, urnas, ánforas, ungüentarios y lucernas, e incluso estableció la primera tipología exhaustiva de enterramientos gaditanos, Pelayo Atauri se ‘autoexilió’ a Tetuán en 1939 con esa obsesión intacta. Nada. Ni rastro de la chica que buscaba.

El 26 de septiembre de 1980, en un solar de la antigua calle Ruiz de Alda, los dientes metálicos de una excavadora quebraron lo que parecía una enorme placa de mármol. El operario introdujo la mano en uno de los huecos y extrajo trozos de hueso. Avisó a las autoridades. Pero era el mediodía de un viernes, y Ramón Corzo, tras ordenar que se paralizaran las obras, pospuso la visita de inspección hasta después del fin de semana.

Cuando, el lunes siguiente, acompañado de buena parte de su equipo, Corzo descubrió, tallada en la piedra, la serena belleza de un rostro de mujer, se dio cuenta de lo maquiavélico que puede llegar a ser el destino: el sarcófago estaba justo debajo de la casa de Pelayo Quintero. Las raíces de las palmeras que el arqueólogo ordenó plantar para darle sombra al patio habían terminado, buscando el asiento húmedo del terreno, por sortear la tapa y calar en el poso último de los restos.

La anécdota adquiere, así, el significado de una fábula con moraleja. Felipe Benítez Reyes escribe en ‘Mercado de Espejismos’: «Quintero Atauri tuvo, en fin, un sueño, pero nunca supo que dormía sobre ese sueño.. Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo».
Los sarcófagos antropoides de Cádiz son los únicos ejemplares de ese tipo encontrados hasta la fecha en España. En toda Europa sólo existen, además de los que se exponen todavía juntos en el Museo Provincial, algunos (de peor calidad) en Sicilia. La mayoría de los investigadores piensa que las piezas gaditanas son importaciones del Mediterráneo Oriental o del sur de Italia, lo que confirmaría el destacado papel de Gadir en el mundo fenicio. No obstante, también hay quien ha defendido la presencia de un taller local. En cualquier caso, está claro que las personas que podían permitirse el lujo de ser enterradas en este tipo de sarcófagos pertenecían a la clase dirigente, pese a que los ajuares que poseían fueran muy escasos. El propio contenedor del cuerpo era por sí solo un elemento de prestigio al alcance de muy pocos.

El hallazgo del sarcófago antropoide masculino se produjo de manera casual, como consecuencia de los desmontes realizados en Punta de la Vaca, en 1887. Este descubrimiento fue el que llevó a pensar a Pelayo Quintero, años más tarde, que esa pieza no podía ser única en Cádiz. La que despertó su interés y fijó su obsesión.

En la tapa del sarcófago femenino que encontraron Corzo y su equipo se distinguían claramente los rasgos físicos de una mujer. La cabeza, en altorrelieve, corresponde a una joven peinada con tres filas de bucles en forma de bolas. Los ojos grandes, los párpados gruesos, la nariz recta y la boca simple le dan un aire hermoso y sereno. El cuello queda marcado por una pequeña depresión que imita el borde superior de la túnica. La poca policromía que permanecía intacta era la del pelo, de color rojizo. Ramón Corzo, por entonces director del Museo, recuerda con detalle la sorpresa que les supuso: «En realidad, nadie esperaba encontrar allí (en un solar sin restos aparentes de otra ocupación que no fuera moderna), un sarcófago antropoide, la pieza más destacada de toda la arqueología fenicia». Después de rellenar el interior del sarcófago de arena limpia, para proteger los restos, Corzo encargó la limpieza de los sillares y de la parte superior del enterramiento, su traslado al Museo y el vaciado y análisis del ocupante del sarcófago».

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El Grial De Cuenca

Cuando se habla del Grial, rara vez se lo relaciona con España. Y, sin embargo, su historia está profundamente vinculada a los reyes y reinos peninsulares de la época, y hay numerosos lugares griálicos en España. Entre ellos, aunque poco nombrado, está Cuenca…

Según los expertos en la materia, la descendencia de Jesús y María Magdalena, entroncada con la sangre de los reyes merovingios, desembocaría en diversas ramas genealógicas europeas a lo largo de la Edad Media. Una de las más importantes sería la de los Plantagenet que, llevando el título de condes de Anjou, fundaría en 1154 esta dinastía en Inglaterra, con Enrique II como rey. Otra, igualmente notable, sería la de los Plantavelu, que a finales del siglo IX constituiría el ducado de Aquitania, y en el XII fructificaría en uno de los personajes más brillantes de su época: la duquesa Leonor de Aquitania. Estas ramas volverían a cruzar su sangre presuntamente davídica precisamente con el matrimonio de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y rey de Inglaterra, con la hermosa duquesa Leonor. De esta unión nacieron héroes cuyas hazañas forjaron la historia de los reinos europeos, protagonizando los versos de los trovadores y ocupando páginas de honor en los romances de la época. Entre los hijos de esta pareja figuran los famosísimos Ricardo Corazón de León y el llamado Juan sin Tierra, cuyas andanzas han sido llevadas al cine con más fantasía que realismo, vinculados a una tradición caballeresca al estilo de la del rey Arturo y sus griálicos caballeros.

En la Edad Media, la nobleza era un club con muy poquitos socios y las familias estaban todas emparentadas, volviendo a casarse cada generación para establecer alianzas, mantener reinos y privilegios y conservar líneas genealógicas. Nada extraño en un sistema nobiliario basado en el derecho de sangre. Los enlaces entre primos de segundo grado y entre tíos y sobrinos eran tan habituales que el motivo clásico para anular un matrimonio real era alegar ante la curia relación de parentesco entre cónyuges. Casi siempre la había. De manera que, a esas alturas, la antigua sangre del rey David corría, más o menos mezclada, por las venas de buena parte de la realeza europea, incluyendo, por supuesto, a los reyes castellanos y aragoneses.

Son muchas, y bien antiguas, las líneas de irrigación que llevan esa sangre al caudal de los monarcas peninsulares. Siguiendo una de ellas como ejemplo, tenemos al rey castellano Alfonso VI casado con Constanza de Borgoña, cuya abuela paterna no era otra que Constanza de Aquitania. De ese entronque aquitano saldrá, cuatro generaciones después, el rey de Castilla Alfonso VIII, conquistador de Cuenca y autor de las armas que campan en el escudo de la ciudad, ese cáliz y esa estrella de enigmático significado. De manera que, por las venas de este rey conquistador, corría sangre aquitana que venía de tan lejana fuente como la del rey David, pasando a través de Jesús y María Magdalena.

Y, repitiendo una vez más el cruce de parentescos, el rey Alfonso volvió a mezclar su sangre con esa dinastía sagrada de tan antiguos orígenes al casarse con una hija de Leonor de Aquitania y de Enrique II, rey de Inglaterra y conde de Anjou.

El linaje del Rey David

De manera que ya tenemos a nuestro rey Alfonso VIII dentro de la corriente de descendencia del rey David, casándose además con quien lleva la sangre de Anjou, que no es un linaje cualquiera en lo que afecta al Grial. Wolfram von Eschenbach, en su Parzival, incluye en este linaje a su protagonista, Parsifal, el caballero que encontrará el Grial, cuando dice que su padre es “un héroe extraordinario, un Anjou de esclarecida estirpe”. Si tenemos en cuenta que en otros romance griálicos se insiste con tenacidad en que los caballeros vinculados con tan misterioso secreto son “del alto linaje del rey David”, podemos ir atando cabos para suponer que ser Anjou y ser descendiente del rey David viene a ser lo mismo para los narradores de esta historia. Y si a todo esto le añadimos que sir Thomas Malory, en su obra La muerte de Arturo, dice expresamente que “Lanzarote viene solo del octavo grado de nuestro Señor Jesucristo, y Galahad del noveno”, vemos cómo, en el contexto griálico, se da por sentado que Cristo tuvo descendencia y podemos concluir que ser Anjou significa que por sus venas corre no solo sangre davídica, sino también la de Jesús y de María Magdalena. Y eso es Leonor de Aquitania, hija del conde de Anjou: una descendiente del linaje sagrado, casada a su vez con Alfonso VIII, otro miembro del reducido grupo que podemos llamar Grial de sangre. Se unieron en un matrimonio real que ocultaba otra realeza mucho más profunda y antigua: la que nacía del sagrado trono del rey David.

Los reinos españoles y el grial

En las fechas de las que hablamos, las fronteras no eran las que conocemos hoy. El reino de Francia apenas cubría un pequeño territorio en torno a una isla del río Sena que no llegaba, por supuesto, a los Pirineos. Los terrenos al norte de la cordillera no pertenecían a la corona francesa. Eran propiedad de nobles caballeros independientes, vinculados por lazos de sangre y vasallaje a los reinos españoles de Navarra y Aragón. Eran las tierras de Languedoc, Gascuña, Rosellón, Aquitania, Provenza… Para hacernos una idea de cómo eran las cosas entonces, basta decir que la Aquitania era el doble de grande que el reino de Francia, y su duque Guillermo IX se jactaba de que nunca había prestado juramento de fidelidad al rey francés. Y estas son, precisamente, las tierras del Grial, aquellas en las que su tradición se asienta, en las que surge el temprano culto a María Magdalena y la leyenda del cáliz sagrado. Y son también las tierras por las que se extiende la herejía cátara con sus extrañas creencias sobre la Magdalena, y donde el Temple concentra el mayor número de propiedades.

Con todo esto, no es extraño que, en las narraciones medievales del Grial, aparezcan numerosas referencias a los reinos españoles. Los autores extranjeros, fundamentalmente franceses y anglosajones, ignoran este hecho, probablemente para seguir hablando del Grial como cosa suya. Pero lo curioso es que los autores españoles tampoco se esfuerzan demasiado en resaltar la presencia, por derecho propio, de los reyes y reinos peninsulares en la leyenda del Grial. Siguiendo el texto más famoso, el Parzival de Eschenbach, nos encontramos ya con que el autor afirma basar su obra en un antiguo manuscrito encontrado precisamente en Toledo.

A partir de ahí, las referencias a España son constantes. Veamos unas cuantas. El padre de Parsifal, en uno de sus viajes, desembarca en Sevilla. “En aquel país –dice el texto– conocía al rey. Era su primo Kaylet. Fue a visitarlo a Toledo”. Por tanto, según el texto, llevaban la misma sangre y Parsifal sería sobrino de este rey peninsular. Quizá por eso el escudo que lleva Parsifal había sido “forjado en Toledo, en el país de Kaylet”. También hay abundantes alusiones al rey de Aragón, al que llama Schafillor. En una de ellas se narra cómo éste, en un torneo, “tiró al suelo, detrás del caballo, al viejo Utepandragun, rey de los britanos”. Es decir, el rey aragonés vence al padre del mismísimo rey Arturo. Vinculado a la familia del Grial, aparece también un personaje llamado Kyot de Cataluña, que lleva el título de duque. Otro, de nombre Liddamus y rango de príncipe, dice tener “en Galicia, muy diseminados, numerosos castillos, hasta Pontevedra”. Los héroes de la búsqueda griálica montan caballos castellanos, y la montura del caballero Gawan luce una significativa señal: “En la grupa llevaba grabada a fuego una tórtola, el blasón del Grial”.

…y el Grial

De las intenciones que tenía el rey Alfonso queda todo lo que hemos dicho, sí, y también el escudo de Cuenca con las armas que el rey le dio: una estrella –ver cuadro– y un cáliz. Si sabía, como efectivamente sabía, que se casaba con un insigne miembro de esa dinastía sagrada, con una “Anjou de esclarecida estirpe” según el griálico texto de Wolfram von Eschenbach, y si quería hacer de Cuenca su Alfonsípolis, la sede de su corte y de su familia, parece que con las armas del escudo no quería reseñar el hecho de su victoriosa conquista, sino dejar constancia simbólica de la estirpe a la que él y su esposa pertenecían, para que su señal campeara sobre la ciudad elegida.

Así pues el cáliz sería una alusión directa al Grial, velada por la tradicional interpretación de que copa o caldero remiten sin más a esa forma orográfica de cuenco en el que la ciudad de Cuenca se levanta.

Pero todavía hay más. El escudo de Cuenca es una estrella suspendida sobre un cáliz, sobre un Grial. Una luminaria que, según el Apocalipsis de Juan, es el planeta Venus, el lucero brillante de la mañana que distingue a los descendientes del rey David. Volvamos por un momento a las páginas finales del Parzival de Eschenbach. En ellas, una vez concluida la aventura de la búsqueda del Grial, el autor nos cuenta lo que ocurre con sus principales protagonistas. Parsifal se casa con la reina Condwiramurs y se convierte en el rey del Grial. Y tienen un hijo, Lohengrin, llamado el “Caballero del Cisne”. Se trata de un personaje al que los romances medievales convertirán en héroe

El nacimiento de la escritura es un enigma por el que han mostrado interés diversos estudiosos e investigadores en los últimos años, sobre todo a raíz de algunos hallazgos arqueológicos.

 

Al igual que sucedió con el surgimiento de la agricultura, parece que diferentes culturas desarrollaron, más o menos de forma simultánea, un sistema de escritura, aunque según los libros de Historia los primeros fueron los sumerios, con el sistema cuneiforme nacido en Mesopotamia hace más de 5.000 años. Sin embargo, algunos hallazgos recientes parecen cuestionar esta afirmación. Es el caso de un puñado de tablillas de arcilla con inscripciones, encontradas hace unos años en una tumba real, cerca del antiquísimo santuario de Abydos, a 400 Kms al sur de El Cairo. En la sepultura se hallaban los restos del rey Escorpión I, así que se supone que dichas tablillas datan del 3300 a.C. aproximadamente, aunque no es del todo seguro.

No obstante, existen hallazgos de épocas muy anteriores, que permiten pensar al menos en un estadio inicial de la escritura en sílabas. Sin embargo, estos signos resultan incomprensibles, pues no sabemos prácticamente nada sobre estas antiquísimas lenguas, ni del contexto cultural en el que se desarrollaron. Nos referimos, por ejemplo, a los caracteres de Harappa, en Pakistán, grabados en tablas de arcilla hace 5.500 años.

Tablillas similares, en cerámica y decoradas con figuras simbólicas, se han encontrado en Irak, Irán y Rumania. Durante unas excavaciones realizadas en la región de Zagros, al oeste de Irán, surgieron caracteres grabados todavía de mayor antigüedad, los cuales parecen simbolizar números, vestidos y animales. Estos grabados se remontan al 8500 a.C., precediendo, por tanto, en 5.000 años a la primera escritura conocida. Como es lógico, este descubrimiento despertó agrias controversias entre los expertos. Para algunos estamos efectivamente en presencia de la escritura más antigua de la que se tiene conocimiento, pero otros defienden que sólo se trata de estilizados «motivos decorativos».

Diversos signos, hallados en grutas de la era paleolítica y mesolítica, muestran un parecido razonable con una forma de escritura. Así, las «inscripciones» de la gruta de La Pasiega, en la España septentrional, o las piedras decorativas descubiertas en la caverna del Mas d’Azil, en las proximidades de los Pirineos, mostrarían que, al menos, la inclinación a la escritura estaría presente entre los hombres de hace 50.000 años. La pregunta que podemos formularnos es: ¿dónde y cuándo surgió este impulso? Hoy sabemos que los hindúes, los cretenses, los Olmecas, los incas, los europeos de la Edad de Piedra y muchas otras culturas evolucionadas utilizaban sistemas de escritura cuya decodificación todavía no se ha logrado.

EL ENIGMA DE GLOZEL
Entre los descubrimientos arqueológicos más extraños realizados en Europa, cabe citar el de Glozel, un enclave de la Francia meridional. En 1924 el campesino Emile Fradin encontró, en una cavidad situada debajo de su campo, centenares de vasos de arcilla, recipientes, urnas, lámparas, símbolos fálicos, huesos de mamut con grabados, además de una variedad de utensilios de piedra. Los hallazgos podrían tener una antigüedad de entre 4.500 y 15.000 años, pero como también se hallaron planchas de arcilla con caracteres desconocidos, no atribuibles al hombre de esa época, este descubrimiento no se tomó en serio.

La importancia del hallazgo es hasta el momento motivo de controversias pues, según los críticos, no se han encontrado restos arqueológicos con los que compararlos. Desde nuestro punto de vista es un juicio apresurado, porque los signos de Glozel presentan un sorprendente parecido con ciertos símbolos grabados en unas tablillas de arcilla procedentes de la civilización de Harappa. Arqueólogos de la Universidad de Harvard (EE UU) las examinaron en abril de 1999 y certificaron su autenticidad.

Durante un viaje a Sudamérica para investigar el origen de la escritura, nos entrevistamos en Bogotá con el profesor Jaime Gutiérrez, quien nos mostró algunas fotografías de unas extrañas planchas de piedra con una especie de caracteres jamás vistos antes. Para el doctor Willibald Katzinger, director del Museo Nórdico de Linz, a quien le mostramos las instantáneas, los signos eran notablemente similares a los grabados de Glozel. Tiempo después pudimos contemplar las piedras que posee el investigador ecuatoriano Germán Villamar, en las cuales también se aprecian caracteres similares a los de Glozel; al igual que sucede con las planchas metálicas obtenidas por el padre Crespi y que actualmente se conservan en la ciudad de Cuenca (Ecuador). Más tarde pude averiguar que piedras grabadas con «formas» muy parecidas se encontraron años atrás en una gruta localizada en Illinois (EE UU).

Lo cierto es que los arqueólogos más ortodoxos consideran que las cinco colecciones a las que nos hemos referido hasta el momento son meras falsificaciones, pues son difíciles de encuadrar en la historia «oficial». Desde luego, podemos preguntarnos cómo es posible que todos los falsificadores, pertenecientes a tres zonas geográficas (Europa, Estados Unidos y Sudamérica), se inventaran un tipo de escritura tan similar.

Gracias a los esfuerzos de algunos colegas, pudimos ponernos en contacto con el profesor y prestigioso lingüista alemán Kurt Schildmann, quien aparentemente ha conseguido descifrar la extraña escritura. Semanas después recibimos las traducciones de Schildmann, quien nos confirmó que se trataba de una escritura «pre-sánscrita», pues presenta similitudes con la antigua lengua india. Si esto es así, y teniendo en cuenta que el sánscrito es una de las lenguas más «viejas» de este planeta: ¿Existió en la noche de los tiempos un único modo de comunicación? Recordemos el pasaje bíblico que afirma: «Hasta la construcción de la torre de Babel, la humanidad hablaba una sola lengua». ¿Es el mito de Babel una reminiscencia de leyendas y tradiciones con una base real? En los últimos dos años hemos encontrado esta misma forma de escritura en Malta, Turkmenistán y Australia. ¿Habló la humanidad un idioma único en el pasado? ¿Existieron contactos entre distintas civilizaciones? Por el momento no podemos ofrecer una respuesta.

Las investigaciones sobre esta hipotética lengua única llevan a plantearnos la posibilidad, referida en los textos sagrados de infinidad de culturas y religiones, de que en la antigüedad tuviera lugar una catástrofe global. Después de este «diluvio universal» sólo continuarían existiendo restos pétreos del mundo prediluviano. Y lo cierto es que la mayoría de los «objetos inexplicables» están compuestos precisamente de este material. Como decimos, el misterio de la escritura primigenia también nos lleva a pensar que en la antigüedad se produjeron contactos entre diferentes culturas transoceánicas, según defiende la teoría difusionista, tan combatida por la ciencia ortodoxa.

Así, las tablillas de madera rongorongo, el disco de Festos y las inscripciones rúnicas halladas en los Estados Unidos parecen abundar en esta hipótesis.

LAS TABLAS RONGORONGO DE LA ISLA DE PASCUA


Los famosos colosos de piedra pascuenses representan el testimonio silencioso de un pasado enigmático. Sin embargo, las tablillas de madera halladas en esta isla constituyen también un desafío para los arqueólogos no menos importante. Éstas se encuentran «decoradas» por una serie de inscripciones que reproducen figuras humanas, pájaros, peces y formas geométricas. Se conservan más de veinticinco, las cuales han sido expuestas en museos de todo el mundo. El resto del material se ha deteriorado o ha sido víctima de la furia destructiva de los primeros misioneros. No porque los mensajeros de la fe cristiana hubiesen tenido algo contra la existencia de una escritura local, sino debido a que los indígenas utilizaban aquellas tablas, cuyos signos no entendían, en ceremonias «paganas».

En 1722, cuando los primeros navegantes alcanzaron aquella minúscula isla, sus habitantes ya no eran capaces de leer las inscripciones de sus antepasados. Las tablillas se habían convertido en un puro objeto de culto. En la superficie de madera de las tablas conservadas se distinguen 790 símbolos diferentes. Tal variedad indica que los signos no se corresponden con simples letras, sino con sílabas, palabras o combinaciones de vocablos.

Hasta el momento la ciencia no ha ofrecido ninguna explicación sobre el origen de la escritura rongorongo, pero por las características de las inscripciones se ha deducido que esta grafía es atribuíble al llamado «segundo período de producción cultural». Por lo tanto, se remontaría a una época en torno al 1100 d.C. El profesor Thomas Barthel, quien en 1957 realizó investigaciones durante varios meses en Pascua, considera que esta escritura era de origen polinesio. Existe también la tesis según la cual el rongorongo se desarrolló en la isla de manera autónoma, sin influencias externas.

Enigmática resulta la sorprendente similitud de alrededor de 160 inscripciones rongorongo con las pertenecientes a una antigua civilización que floreció en torno al 2500 a.C., en una zona opuesta del planeta. Nos referimos a la misteriosa civilización de Harappa, la cual se desarrolló en el Valle del Indo, en una región situada entre India y Pakistán. A pesar de los numerosos intentos, esta escritura, al igual que la de Pascua, ha resultado ser indescifrable hasta nuestros días. La correspondencia entre las dos grafías suscita una infinidad de enigmas y ninguna respuesta. A comienzos de la década de los 70 del siglo pasado se hallaron, a orillas del lago de Spirit Pond, en Maine (EE UU), cuatro bloques de piedra y un amuleto. Tres de estos bloques, datados en torno al año 1200 a. C., presentan inscripciones que han sido identificadas como runas vikingas. Debido a que el lago forma parte de un parque estatal, los «restos pétreos» son propiedad del Estado de Maine. Su descubridor, Walter Elliot –ya fallecido–, se negó en su día a donar sus hallazgos a las instituciones, iniciando una serie de procesos legales.

Durante algunos años estuvieron expuestos en el museo de Barth, en Maine, suscitando continuas controversias entre los expertos. Actualmente, tres bloques se encontrarían en los archivos del Museo Nacional del Estado, pero fuera de la vista de los visitantes. Los grabados no fueron jamás traducidos. La imagen publicada en este artículo, proporcionada por el arqueólogo estadounidense Neil Steede, pertenece al cuarto bloque.

SIGLO IV: ¿CRISTIANOS EN EE UU?
Las llamadas «tablillas de Michigan» son también objeto de polémica, aunque por el momento no se ha llevado a cabo una clasificación ni una investigación exhaustiva. Estas piezas se hallan en gran parte en poder de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuyos miembros son popularmente conocidos por el nombre de mormones. Al parecer, las tablas de Michigan estarían protegidas en alguna gruta del Estado de Utah. Hasta el momento no han sido ni catalogadas ni expuestas al público.

Una de las pocas piezas que puede ser visitada es una gran roca esquistosa con grabados: el ápice del lado anterior contiene una misteriosa incisión, mientras en el espacio restante, que constituye los dos tercios del objeto, aparecen trazadas dos grandes «X», característica hallada también en los descubrimientos de Glozel. En la parte posterior está representado, en lo alto, la salida del sol, mientras abajo se ve un lagarto estilizado.

El modelo típico de las tablas de Michigan presenta en el lado anterior una parte realzada con el grabado de un «símbolo místico», mientras en el reverso aparece un «ojo omnisciente», seguido de un signo enigmático. Debajo de estas figuras se pueden hallar otras inscripciones, cuyo significado no ha sido aclarado por el momento. Estos objetos fueron extraídos de túmulos indios entre 1874 y 1915, en las proximidades de Detroit (Michigan).

La investigadora estadounidense Henriette Mertz, fallecida en 1985, dedicó años a estudiar estos misteriosos objetos. A pesar de la opinión contraria de sus colegas, examinó algunas piezas y las declaró auténticas. La especialista planteó una hipótesis insólita: las tablas habrían sido realizadas ¡por cristianos refugiados en el continente americano en el año 312 d.C., tras de la caída del Imperio Romano!
Hasta que no se efectúen traducciones fiables –con la suficiente base científica– de las inscripciones presentes en todos estos hallazgos, sólo es posible especular sobre su significado. Cada colección de las reseñadas en este artículo merecería un estudio monográfico pero, al menos, mediante lo expuesto podemos deducir que la arqueología, la epigrafía y la lingüística están lejos de resolver el enigma del nacimiento de la escritura, lo que también nos lleva a preguntarnos sobre la relación entre diferentes civilizaciones y culturas milenarias pertenecientes a distintos continentes. Estamos, pues, frente a una serie de hallazgos que desafían algunos inamovibles dogmas científicos y que podrían cambiar el concepto que en la actualidad tenemos de la historia de la humanidad.

 

La Sabana Santa ¿ Verdad o Fraude ?

La más famosa reliquia de la Cristiandad ha vuelto a la actualidad con un nuevo estudio que rechaza los resultados obtenidos mediante el C-14, otorgándole una antigüedad mucho mayor. Por su parte, los escépticos reafirman su postura de que el sudario es una falsificación medieval. La polémica está servida…

Desde que en 1988 tres afamados laboratorios independientes de Oxford (Inglaterra), Zurich (Suiza) y Tucson (EE UU) determinaran mediante la prueba del Carbono 14 que la Sábana Santa era una falsificación medieval –con una datación entre los años 1260 y el 1390–, sindonólogos y científicos escépticos han mantenido una encarnizada controversia para defender sus respectivas posturas.

 

 

Tras el «jarro de agua fría» que supusieron los resultados del C-14 para expertos y creyentes, pronto comenzaron a surgir las primeras voces discordantes, y fueron varios los sindonólogos que argumentaron que los resultados obtenidos mediante la prueba del carbono podrían no ser validos, ya que habrían quedado alterados a consecuencia de los incendios sufridos por el lienzo que, además, se había visto expuesto durante siglos al humo de los cirios e incluso al contacto con los devotos.

Ahora, diecisiete años después del inicio de la gran polémica, un nuevo estudio ha reavivado el debate, al asegurar que la sagrada reliquia es en realidad mucho más antigua de lo que aseguró la datación del C-14. Según un reciente artículo publicado en el número de enero de la revista Thermochimica Acta, y escrito por el químico y antiguo miembro del STURP (Proyecto de Investigación del Santo Sudario de Turín) Raymond Rogers, «la muestra utilizada para averiguar la edad del lienzo en 1988 fue tomada de un área restaurada del sudario. El tejido tiene el mismo engarzado que la parte principal del lienzo, y fue envejecido para que el color coincidiera».

Según Rogers, la zona restaurada de la que se habrían tomado las muestras para realizar la prueba del Carbono 14 en 1988 correspondería a un remiendo –conocido como «paño holandés– realizado por un grupo de monjas tras uno de los incendios sufridos por el sudario. Para realizar su estudio, el científico estadounidense comparó las muestras utilizadas en 1988 con otras del sudario que él había tomado con anterioridad. «Como parte del proyecto del STURP, tomé treinta y dos muestras adhesivas de todas las zonas de la sábana en 1978, incluyendo algunos remiendos y del paño holandés. También obtuve las muestras auténticas utilizadas en la prueba de datación por Carbono 14», aseguró Rogers.

Entre otras cosas, el químico descubrió que la muestra empleada por los laboratorios de Oxford, Zurich y Tucson tenía unas propiedades químicas diferentes a las mostradas por la parte principal de la Sábana Santa. «La muestra del C-14 había sido teñida, seguramente para hacerla coincidir con la parte del lienzo más antigua, de color sepia. Esta parte fue teñida con una tecnología que comenzó a aparecer en Italia en la época en que el último bastión de los Cruzados cayó ante el ataque de los turcos en 1291. Por lo tanto los fragmentos utilizados en 1988 no pueden ser más antiguos de 1290, coincidiendo con la edad determinada por la datación del C-14. Sin embargo, el sudario en sí es realmente mucho más antiguo», explica Rogers en el artículo publicado por Thermochimica.

Entre 1.300 y 3.000 años

Para llegar a esta conclusión, Rogers realizó una serie de pruebas microquímicas para datar con exactitud la edad del lienzo. Éstas mostraron la presencia en las muestras utilizadas en las pruebas del C-14 y en el «paño holandés» de una sustancia conocida como vainillina aunque, por el contrario, no había rastro de ella en el resto del sudario. Este elemento químico está presente en algunos tejidos, y su cantidad va reduciéndose con el paso del tiempo. Según Rogers, «la vainillina es fácilmente detectable en tejidos medievales, pero no puede ser encontrado en otros más antiguos, como en los rollos del mar Muerto».

Utilizando los datos obtenidos por las pruebas microquímicas, el antiguo miembro del STURP determinó que el sudario tiene «una antigüedad de entre 1.300 y 3.000 años», lo que hace posible que la reliquia sea contemporánea de la época de Jesús.

Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar, y destacados escépticos como Joe Nickell, miembro del CSICOP (Comité para la Investigación Científica de afirmaciones sobre lo paranormal) han rechazado los resultados de las pruebas realizadas por Rogers. Según asegura Nickell en un artículo publicado en Internet tan sólo unos días después de la aparición del trabajo de Rogers, éste utiliza una «lógica tortuosa y evidencias selectivas», y niega que el químico del STURP haya analizado las muestras utilizadas en la prueba del C-14, ya que éstas «fueron destruidas durante el proceso». En cuanto a la afirmación de Rogers de que los laboratorios de 1988 tomaron fragmentos de remiendos, Nickell lo niega rotundamente, afirmando que, precisamente, los expertos textiles tuvieron «un cuidado especial para escoger muestras no pertenecientes a parches o arreglos».

Ante tales circunstancias, y puesto que ambas partes enfrentadas se apoyan continuamente en anteriores trabajos científicos y en sus propios análisis e investigaciones, todo parece indicar que la polémica –y por extensión la incertidumbre sobre la edad real del sudario– se mantendrá viva durante mucho tiempo.

ENIGMAS

Detenido al final de un frío pasillo se distingue una forma, una silueta que languidece en la noche. Parece alguien que camina por uno de estos desvencijados pasillos entre trozos de ladrillos y escombros, pero no sin alterarse por esta circunstancia. Es como si no le afectara. Y es que aquel ser tiene un aspecto famélico, mortecino, espectral…

Gira la esquina y avanzamos hacia su posición, algo nos dice que tras este misterioso personaje se oculta una realidad muy especial, pero ¿qué puede ser? Tras llegar a aquella esquina tememos encontrarnos y darnos de bruces con él, pero…¡Hay un muro! ¡No hay nadie! ¿Por donde se ha ido? No hay salida posible sólo aquella que dice que se ha marchado tras ese muro, atravesándolo. Pero el cuerpo humano aún no cuenta con esas propiedades, ¿ante que nos encontramos? Tal vez ante eso que mucho llaman: fantasma.

Es una de las muchas experiencias vividas en un lugar al que llamamos el sanatorio de los muertos. Y no se trata de un título sensacionalista que le hemos dado, simplemente atiende a su función y a las muchas vivencias y testimonios que hemos ido recogiendo para esta revista sobre lo que sucede en si interior.

Un lugar con un nombre… peculiar

En las proximidades de Sevilla se encuentra el hoy abandonado hospital de San Pablo, de carácter militar. El “Sanatorio de los Muertos” es llamado así por los relatos que nos hablan de espectros y fantasmas que vagan por su interior, por unas instalaciones médico-sanitarias de notable alcance en otra época, pero que pronto fue desubicado militarmente. Fue construido bajo el régimen del dictador Francisco Franco, como fruto del beneplácito del gobierno para la instalación y ocupación de determinados recintos militares por parte del personal de la U.S. Army.

El general Franco aceptó que EE.UU. construyera bases militares a lo largo de la ­geografía española a cambio de importantes compensaciones económicas para España. Ello implicaba la militarización de nuestro suelo por parte de otra potencia militar, “vender el alma” al diablo de la potencia que emergía con más fuerza, si cabe, tras la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad del tráfico de armamento nuclear por nuestro espacio aéreo y en nuestras bases, si bien esta última quedaría expresamente recogida en los acuerdos bilaterales entre España y Estados Unidos. Aunque muchos españoles aún tendrán en mente la tragedia que podría haber sobrevenido en Palomares tras la caída y posterior recuperación de aquellos ingenios nucleares. Otro de los peligros podría venir por parte de la Unión Soviética. Aquella unión de España hacia, y para, Estados Unidos hacía de nuestro país un claro objetivo soviético. No en vano, la Península se convirtió en un objetivo militar a consecuencia de todo esto.

De este modo, el aeropuerto de San Pablo contaría también con un ala americana y unas instalaciones dentro de lo que otrora fuera un perímetro militar. Bajo la influencia del mismo encontramos el viejo sanatorio construido al tiempo en que en Sevilla se edificaba el imponente Hospital Universitario Virgen Macarena.

Disponía de numerosas habitaciones para pacientes, si bien no se contaron demasiados fallecimientos en su interior. Sin embargo, su historia paranormal es, cuando menos, inquietante
En la década de los 70 quedó en desuso y con las modificaciones del recinto aeroportuario de Sevilla quedó fuera del mismo y, por consiguiente, se ordenó su desalojo. El Hospital San Pablo quedaba a merced del tiempo. El complejo consta de varios edificios más y el hospital, en forma de cruz latina, es uno de esos lugares donde, en opinión de nuestros testigos, se manifiesta lo imposible…
Cuando el investigador se va acercando al lugar constata su estado de abandono, con numerosas pintadas y grafittis. El interior no le va a la zaga y sigue la tónica de su aspecto exterior. Destaca nada más entrar la presencia de varias estrellas, de pentagramas ­dibujados en rojo, uno sobre el suelo, algunos artilugios en su proximidades como una palangana con restos de un líquido parduzco –¿sangre?–, una botella de ron y plumas de ave. Por los indicios se trata de un lugar donde se ­odría haber practicado algún rito afrocaribeño. Además, el término “Satán” se ­repite en varias de las leyendas pintadas sobre sus paredes.